martes, 10 de noviembre de 2009

Un día de lluvia

Las gotas de lluvia golpean con fuerza. No sabes si es el temporal o tu alma, pero algo de golpea y te hiela poco a poco. Todo comienza con un leve roce en tu piel, poco a poco sientes que todo se va difuminando: las aceras, las personas, tus emociones; es cálida de alguna manera. Es hermosa. Te atrapa poco a poco. Caes en ella sin saberlo. Es astuta e invisible.

A veces es demasiado tarde, tu cuerpo está empapado y dolorido. Mientras se deslizan las gotas sobre tu frente te preguntas si alguien más está sintiendo lo mismo, si alguien más está bajo esa lluvia. Luego, te preguntas cómo evitarla: ¿Esperar a que acabe el temporal? no, no hay remedio, tienes que salir y no podías esperar. ¿Cubriéndote con algo impermeable? No, siempre hay alguna parte del cuerpo al descubierto y los pies siempre se humedecen.

Así que te ves insertado en un temporal que crece y crece; no puedes volver, pero el camino se vuelve peligroso, incontrolado, casi con vida propia. No puedes hablarle a la lluvia, ella no escucha. Ella está ahí para el sufrimiento y el disfrute de todos. Todos hemos visto la lluvia caer. Todos la hemos sentido. Algunas veces nos ha regalado un hermoso paisaje, incluso exquisitas notas olfativas. Otras veces nos persigue, nos castiga, somos su presa. Es nuestra amiga y enemiga, es un sueño y una pesadilla. La lluvia es lluvia.

La has visto actuar. Sabes cuál es su juego. Te crees más inteligente, más preparado al haberla visto. No le temes. Su movimiento es casi hipnotizador. Su voz es un susurro. Pero no la temes. Te crees mejor que ella pese a su belleza. Pero es astuta y su estrategia tan simple que siempre nos atrapa: todo empieza con una simple gota.

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